Domingo, 19 de febrero de 2012

¿Qué deja un perro cuando se va?
En vida, mi perro Robi pesaba sobre siete kilos. Leí esta información hace días, en una mañana en la que removiendo papeles encontré su cartilla de vacunaciones. Si lo hubiera incinerado sus cenizas pesarían apenas más que un manojo de plumas. Eso es lo que queda cuando muere un perro, y casi nada más: el cojín y la mantita sobre los que dormía, sus viejos escondites, y algunas canas que, días después de que muriera, aún flotaban por la sala, el coche...
Los seres humanos se van y dejan kilos de ropa (muchos más que siete). Se van y dejan joyas, colecciones de libros, coches y, a veces, casas. Dejan cuentas de tuiter, correos electrónicos, páginas de facebook. Se van y dejan un trabajo, una cama, dinero en el banco. Los perros se van y aparentemente no dejan nada. Dejan, acaso, lo que nosotros les dimos: las camitas en las que dormían, las pelotas con las que correteaban, los huesos que mordían. Dejan las fotos que tomamos de ellos: sus cuerpos cachorros decoran nuestros álbumes, esperan en los vericuetos de nuestros discos duros. Dejan, quizás, recuerdos, pero mientras que una sola persona interviene en la vida de decenas de individuos, la vida de un perro es prácticamente inconsecuente salvo para aquellos que compartimos techo con él.
Mi perro Robi (nombre que le puse en honor al perro que convivió conmigo en mi infancia en Santiago, perro super inteligente, siempre con su pajarita y el perfecto secretario de mi padre)llegó a mi casa tambien desde Santiago cuando mis hijos casi empezaban a descubrir la vida. Por lo tanto, han vivido más tiempo a su lado que sin él. Era más viejo que todas mis amistades, que casi todos mis objetos: que mi coche, mi ordenador, etc. Tengo recuerdos concretos suyos, muchos más de los que tengo con personas a las que conozco por casi el mismo tiempo. A pesar de que era un animalito de siete kilos, su personalidad me quedaba clara. Era tierno, un perro de cariños muy particulares; nervioso, digno y leal. Quiso a mi mujer, a mis hijos, me quiso a mí y creo –porque le aguantaba los mordiscos afilado- al joven cachorro Iron con el que compartió algunos meses antes de morir. Un perro ama porque sí, y a cambio solo recibe cobijo, un plato de comida y agua. Te ama, quizás, porque sabe que lo escogiste entre todos sus para llevarlo a tu casa. Por eso el día que murió me senté a su lado, una hora antes de que lo durmieran, y no supe qué otra cosa decirle más que gracias. Me agaché, besé la diminuta cabeza de ese anciano adolescente y le agradecí que me quisiera así a cambio de prácticamente nada. He sido mucho más atento con personas que me han querido mucho menos, así que ese gracias era, también, una disculpa por no haberlo acariciado más, por no haber jugado mas con él en vez de ver tanta TV o estar delante del ordenador en vez de salir al jardín a acompañarlo, por no haberlo querido a él como él me quiso a mí.
Leyendo su cartilla unos días después de su muerte pensaba tristemente que después de todo, ¿a quién después de mí le puede importar mi perro? Y no tendría por qué ser de otra manera: él tampoco quiso a muchos más. Ese pequeño compañero que me vendieron como cruce de foxterrier y maltés pero que más se parecía a un jack russel a pesar de que claramente venía de la calle, fue mi gran amigo. Se fué y me dejó todo eso: un corazón hinchado de recuerdos impolutos, sin un solo agravio, sin una sola pena. Solo para mí y para los pocos que lo quisimos. Y con eso me basta.


Publicado por titosotelo @ 20:55  | LOS MEJORES
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